Hermano Cenizo: Mi narrativa no es actual

Hace tiempo conocí a un energúmeno escritor que se quejaba de todo. Pero daba gusto oírle. Al final, parecía que todos tenemos algo de él, y algo contra él. He aquí las cosas que me contó.


He cometido el grave error de escribir como a mí me gusta. Otras veces, en el pasado, la equivocación ha radicado en imitar a otros. La sensación que queda es que he perdido el tiempo leyendo a mediocres y tomándolos de ejemplo. Algo extraño en mí, que elijo cuidadosamente lo que leo. Pero es bien sabido que, en estas últimas dos décadas, el auge de la autoedición y las plataformas digitales literarias han aumentado considerablemente la creencia de que todo el que escribe algo es, por obligación, alguien.

Al tiempo que se populariza la literatura, esta cae en lo banal. Desconozco si existe relación con el muro digital que Internet nos ha impuesto, o va de la mano con el cambio de mentalidad generacional de los que nacieron con el ordenador o el móvil conectados al cordón umbilical. Lo que sí es cierto es que, a partir de ya mismo —de “ayer”, como dirían algunos— me niego a formar parte de la farándula pseudo-literaria posmoderna, de amigotería confabuladora, de esos maratones apresurados a los que se apuntan hordas de noveles censores del arte escrito, en pos de una vanguardia dadaísta que nace de la inconsciencia y el empoderamiento de lo superficial.

No siempre innovar y romper moldes estuvo tan sobrevalorado. No sé, no comprendo, qué les hace pensar que su postura es eterna —al menos, podría serlo mientras dure su concepto de caducidad vital—, lo que la hace, de por sí, finita. La experiencia de mi anterior generación, y a su vez la de esta, y todas las anteriores, lo ha dejado bien claro.

Mientras, me apoltrono en mi nicho ideal, mi preferencia. Después de todo, escribo más para mí que para el resto del mundo. Siempre hay un resquicio de vanidad en dar a conocer tu obra, no nos engañemos. Es el sentido de nuestra vida, de todo creador. Primero, la satisfacción personal. Después, el orgullo de la palmadita. El caso es que nos feliciten de corazón, y eso lo intuimos muchos, aunque no siempre ocurre.

Puede que yo también sea rompedor, y me pase de posmoderno. Eso lo decidirá quien me lea. Lo que tengo claro es lo que no quiero ser.



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