En una de esas visitas relámpago y espontáneas que de vez en cuando hago a la biblioteca, encontré a una especie desconocida rondando inquieta entre las estanterías de libros, como un pequeño animalillo de ojos encerrados detrás de grandes cristales ovalados, aspecto enjuto y expresión reveladora de un incierto sufrimiento. La mujer corría espantada cuando percibía presencias humanas cerca de ella, y se escondía en los rincones más oscuros y ratoniles, poco interesantes. Allí, olisqueaba con aparente placer un ejemplar de su interés, alejada de cualquier interrupción a su ritual. Y como yo me caracterizo por una increíble capacidad de indiscreción cuando me siento esquivado por quien parece temer a la condición humana, entablé una forzosa conversación con la alimaña, envuelta en su desaliñado y polvoriento abrigo, que despedía el mismo perfume que cualquier libro allí depositado anterior al siglo XIX. Por lo que pude comprobar, no resultó tan arisca y huidiza como aparentaba, porque en...
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